En los últimos años, muchos hemos experimentado una creciente incertidumbre en torno a la información que consumimos a diario. Los titulares de noticias, las publicaciones en redes sociales, los videos, los podcasts, los influencers y los debates en línea compiten constantemente por nuestra atención. A veces, la cantidad de información disponible puede resultar abrumadora, dificultando saber en qué o en quién confiar.
He escuchado a personas inteligentes con perspectivas completamente diferentes debatir sobre los mismos temas, y a menudo me he preguntado cómo llegamos a conclusiones tan distintas. También he visto a personas a las que respeto profundamente caer en la desinformación y me he preguntado qué las llevó a ello. La verdad es que la desinformación no afecta solo a un grupo de personas. Puede afectarnos a cualquiera.
Trabajo en el ámbito de la salud mental y llevo más de veinte años en el sector médico. En la atención sanitaria, el pensamiento crítico es fundamental, ya que las personas depositan su confianza en nosotros durante algunos de los momentos más vulnerables de sus vidas. Los pacientes necesitan creer que actuamos en su mejor interés y que tomamos decisiones informadas basadas en la evidencia, la experiencia y la formación.
Al mismo tiempo, entiendo por qué ha crecido el escepticismo. Con el paso de los años, la confianza en las instituciones, los sistemas de salud, los medios de comunicación y las figuras públicas ha disminuido para muchas personas. Ahora, algunos recurren a influencers, personalidades en línea o redes sociales en busca de orientación, ya que esas voces les resultan más cercanas o accesibles. Si bien la identificación puede generar conexión, es importante recordar que la confianza y la popularidad no siempre equivalen a la experiencia.
Eso no significa que debamos confiar ciegamente en cualquier profesional o institución sin cuestionarla. Un sano escepticismo es importante. Hacer preguntas es importante. Pero en un mundo repleto de opiniones y de información cargada de emociones, el pensamiento crítico se ha vuelto más necesario que nunca.
¿Por qué se propaga tan fácilmente la desinformación?

El cerebro humano está programado para buscar patrones, seguridad y un sentido de pertenencia. La desinformación suele propagarse porque apela a las emociones antes de que la lógica tenga tiempo de procesarla. El miedo, la incertidumbre y la repetición pueden ser increíblemente persuasivos, especialmente en momentos de estrés o confusión.
En algunos casos, la desconfianza tiene sus raíces en experiencias históricas reales. Por ejemplo, en Puerto Rico, Ley 116 La esterilización fue permitida entre 1937 y 1970, lo que provocó la esterilización forzada o no consentida de casi un tercio de las mujeres en edad fértil de la isla. Muchas mujeres se sometieron a estos procedimientos sin comprender del todo lo que se les hacía o sin el consentimiento adecuado. Cuando se producen abusos de este tipo, dejan profundas heridas emocionales y generan una gran desconfianza hacia las instituciones y los profesionales médicos.
Comprender esta historia es importante porque nos recuerda que el escepticismo no siempre proviene de la ignorancia. A veces surge del dolor, la traición o las experiencias generacionales que moldean la percepción que las comunidades tienen de la autoridad y los sistemas de salud.
Al mismo tiempo, la desinformación se propaga fácilmente debido a la repetición y a la tecnología moderna. Cuando las personas escuchan el mismo mensaje repetidamente, puede llegar a creer que es cierto incluso sin pruebas sólidas. Los algoritmos de las redes sociales refuerzan este fenómeno al ofrecer continuamente a los usuarios contenido que coincide con sus intereses, creencias y emociones. Con el tiempo, esto puede crear una cámara de eco donde ciertas ideas se repiten con tanta frecuencia que se consideran incuestionables.
La diferencia entre escepticismo y cinismo

Siempre me he considerado escéptico. Algunas personas confunden el escepticismo con el cinismo, pero creo que existe una diferencia importante entre ambos.
Un escéptico hace preguntas. El escepticismo fomenta la curiosidad, el pensamiento crítico y la disposición a examinar la información con detenimiento antes de aceptarla como cierta. En muchos ámbitos profesionales, especialmente en la salud y la ciencia, se nos enseña a pensar de esta manera. Se nos capacita para evaluar la evidencia, considerar múltiples perspectivas y seguir aprendiendo en lugar de asumir que ya lo sabemos todo.
El cinismo, sin embargo, es diferente. El cinismo parte de la premisa de que todos son deshonestos, manipuladores o que ocultan la verdad. Con el tiempo, esta mentalidad puede generar desconfianza constante, dañar las relaciones y provocar la incapacidad de creer en nadie ni en nada.
El pensamiento crítico se sitúa entre la confianza ciega y la desconfianza total. Nos permite formular preguntas reflexivas sin presuponer automáticamente malas intenciones. Nos recuerda que las personas y las instituciones no son perfectas, pero eso no significa que la verdad haya dejado de existir.
Creo que este equilibrio es al que debemos aspirar. Debemos cuestionar la información, mantenernos abiertos al aprendizaje y reflexionar detenidamente sobre lo que consumimos, sin llegar a ser tan desconfiados que perdamos la capacidad de conectar con los demás o de reconocer pruebas creíbles cuando se nos presentan.
Por qué la experiencia sigue siendo importante

La desinformación se ha extendido a prácticamente todos los ámbitos de la vida: política, bienestar, suplementos, ciencia, finanzas, noticias y salud. En un mundo repleto de opiniones, influencers, titulares y un sinfín de contenido en línea, puede resultar difícil distinguir los hechos de las creencias personales o las narrativas cargadas de emociones.
Una frase que escucho a menudo es: “Investigué por mi cuenta”. Si bien entiendo la intención detrás de esa afirmación, también creo que plantea una pregunta importante: ¿De dónde proviene la información? No todas las fuentes son igualmente fiables, y no todas las investigaciones se realizan con el mismo nivel de precisión, objetividad o experiencia.
Recuerdo haber cursado clases de investigación en la universidad y sentirme frustrado porque cada tarea requería varios artículos revisados por pares. En aquel entonces, pensaba: "¿A quién le importa?". Sin embargo, con el tiempo empecé a comprender por qué existían esos estándares. La investigación no se trata simplemente de encontrar información que respalde nuestras creencias preexistentes. Se trata de evaluar la evidencia con detenimiento, reconocer los sesgos, poner a prueba las ideas y permitir que otros revisen y cuestionen los hallazgos.
Comprender cómo funciona la investigación nos ayuda a apreciar mejor por qué la experiencia sigue siendo importante.
Tanto la formación como la experiencia desempeñan un papel fundamental. La formación enseña a los profesionales a recopilar, interpretar y aplicar la información de forma responsable. La experiencia les ayuda a reconocer patrones, comprender los resultados y desarrollar un juicio práctico con el tiempo. Juntas, constituyen la base para la toma de decisiones informadas.
Por supuesto, los profesionales no son perfectos. Los expertos pueden equivocarse, las instituciones pueden fallar y el conocimiento científico puede evolucionar con el tiempo. Cuestionar la información es sano y necesario. Sin embargo, reconocer las imperfecciones no debe llevarnos a descartar por completo la experiencia. En muchos casos, años de formación, experiencia clínica e investigación basada en la evidencia siguen siendo la guía más fiable de la que disponemos.
El pensamiento crítico no requiere confianza ciega, Pero tampoco debería implicar rechazar el conocimiento simplemente porque provenga de una figura de autoridad. El objetivo debe ser la evaluación reflexiva, no la aceptación automática ni la desconfianza automática.
Cinco maneras de identificar la desinformación
En un mundo donde la información se difunde en segundos, aprender a detenerse y evaluar lo que consumimos se ha convertido en una habilidad esencial. El pensamiento crítico no implica tener miedo ni desconfiar de todo lo que vemos, sino aprender a formular mejores preguntas antes de aceptar la información como cierta.
Aquí hay algunas preguntas que creo que todos deberíamos hacernos al consumir información en línea:
1. ¿Quién escribió o compartió esta información?
Identifica la fuente. ¿La persona que habla sobre el tema tiene formación o experiencia en la materia? ¿Proporciona información objetiva o simplemente comparte opiniones? Comprender el origen de la información nos ayuda a determinar mejor su credibilidad.
2. ¿Dónde están las pruebas?
¿Están las afirmaciones respaldadas por pruebas creíbles, investigaciones revisadas por pares o fuentes fiables? ¿O se basan principalmente en emociones, miedos o anécdotas personales? Las pruebas son importantes, sobre todo cuando se hacen afirmaciones contundentes.
3. ¿La información está actualizada?
Siempre verifica la fecha. Los estudios, artículos y videos antiguos a menudo se comparten sin contexto, incluso cuando existe información más reciente. La información desactualizada puede generar confusión fácilmente.
4. ¿Se puede verificar la información?
Las fotos, los vídeos y las citas suelen sacarse de contexto. Las búsquedas inversas de imágenes y las herramientas de verificación de datos pueden ayudar a determinar si algo ha sido alterado, tergiversado o compartido de forma fraudulenta.
5. ¿Quién se beneficia de esta información?
Pregunta “por qué” más de una vez. ¿Por qué comparten esto? ¿Qué ganan con ello? ¿Obtienen beneficios económicos, buscan llamar la atención, infunden miedo o buscan influir? Comprender la motivación puede brindar un contexto importante.
Estas preguntas no pretenden volvernos cínicos ni temerosos. Su objetivo es ayudarnos a ser más conscientes, informados y reflexivos sobre la información que permitimos que moldee nuestras creencias.
El costo humano de la desinformación
He visto de primera mano el costo emocional de la desinformación. Ver a la gente enfermarse y rechazar el tratamiento Ver a personas engañadas por miedo es desgarrador. Es doloroso presenciar cómo las estafan y lo pierden todo. Igualmente difícil es ver cómo las relaciones se desmoronan por creencias que generan división y desconfianza constante.
Antes de seguir ciegamente a cualquier persona, plataforma, creencia o tratamiento, puede ser útil detenerse y preguntarse:
¿Estoy pensando de forma crítica o simplemente estoy reaccionando emocionalmente?
¿Soy el público objetivo de este mensaje?
¿Esta información me ayuda a comprender el mundo con mayor claridad o simplemente me genera más miedo y división?
En una época en la que la desinformación se propaga rápidamente, aprender a ir más despacio, hacer preguntas y pensar de forma crítica puede ser una de las cosas más importantes que podemos hacer, no solo por nosotros mismos sino también por los demás.


